domingo, 4 de octubre de 2015

Amor Líquido

FUERA Y DENTRO DE LA CAJA DE HERRAMIENTAS DE LA SOCIALIDAD
HOMO SEXUALIS 

El encuentro entre los sexos es el terreno en el que la naturaleza y cultura se enfrentaron por primera vez. El sexo fue el primer componente de los atributos naturales del homo-sapiens sobre el que se grabaron distinciones artificiales, convencionales y arbitrarias. De todos los impulsos, inclinaciones y tendencias “naturales” del ser humano, el deseo sexual fue y sigue siendo irrefutables y unívocamente social. Los encuentros sexuales y la sexualidad misma generaron una compatibilidad o unión entre los hombres. El impulso sexual ha tenido un crecimiento acelerado pues se encarga de guiar a la cultura a su satisfacción. Un ser humano necesita de la presencia de otro ser humano para poder generar una especie de unión necesaria para ser desarrollo. Las fuerzas que pueden ser empleadas para actividades culturales se obtienen entonces y en gran medida gracias a la supresión de lo que conocemos como elementos perversos de la excitación sexual. Podría decirse que el matrimonio es la aceptación de que los que tienen actos tienen consecuencias, hecho que encuentra su negación en los encuentros casuales. La capacidad sexual fue la herramienta utilizada en la construcción y el mantenimiento de las relaciones humanas. Cuando el sexo significa un evento fisiológico del cuerpo y la “sensualidad” no evoca más que una sensación corporal placentera, el sexo no se libera de sus cargas supernumerarias, superfluas, inútiles y agobiantes por el contrario, se sobrecarga. Los deseos y anhelos que escapan de la garra de la racionalidad eran inseparables y están indisolublemente unidos al sexo, ya que el sexo como otras actividades humanas, estaba entrelazado a un modelo de vida productivo. Parece que el lazo entre la sublimación del instinto sexual y su represión, según Freud, condición indispensable del pacto social, se ha roto. La moderna sociedad liquida ha encontrado una manera de explorar la tendencia/docilidad para sublimar los instinto sexuales sin necesidad de reprimirlos, o al menos limitando radicalmente el alcance de dicha represión. Esto sucedió gracias a una progresiva desregulación de los procesos de sublimación, hoy difusos, dispersos y en permanente cambio de dirección, que ya no son impulsados por presiones coercitivas, sino por la seducción de los objetos de deseo sexual disponibles.

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